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El amor de Narciso

  • CRIMINALIA

  • Nombres de personas y lugares han sido cambiados; los hechos son reales

Durante algún tiempo no existía mejor modista en todo Chiapas que Narciso, un joven originario del pueblo de Ocosingo, de donde había sido expulsado por su propia familia ya que, siendo varón, no le gustaban  las faenas del campo y prefería diseñar y coser vestidos, lo cual no hubiera sido tan grave, si a Narciso no le gustaran también los muchachos.

Sin otra alternativa, Narciso se trasladó a Tuxtla Gutiérrez, en donde antes de cumplir 15 años consiguió trabajo en una gran residencia habitada por un político y su familia, en la que se dedicaba exclusivamente al cuidado de los seis mastines que aquella familia tenía como mascotas.

La señora de la casa era obsesiva con la limpieza, por lo que el joven se levantaba a las cinco de la mañana a limpiar las heces que los animales habían excretado por todo el jardín; eran animales muy grandes, por lo que la materia fecal también era de grandes proporciones.

Después de dejar limpio el jardín, Narciso sacaba a pasear a los perros, uno por uno, y al regresar con el último les daba de comer a todos, para luego limpiar las jaulas en las que los animales permanecían encerrados durante el día.

Por las tardes, después de bañarse, Narciso se sentaba con las niñas de la casa para ver la televisión, mientras las peinaba y las arreglaba como princesas de cuento. Agradecidas, las nenas le conseguían los ejemplares de la revista “Vanidades”, que su madre ya había leído y que después fascinaban a Narciso, quien las veía en su cuarto extasiado, disfrutando de las fotografías de muchachas vestidas al último grito de la moda. Se fijaba mucho en los estilos de la ropa, de los maquillajes y los peinados, y en su imaginación él se veía como si fuera mujer, la más bella y elegante de las mujeres.

Pero si a Narciso le gustaba jugar con las niñas de la casa, también se deleitaba admirando al apuesto hijo mayor de sus patrones, un muchacho más o menos de su edad, que levantaba pesas y hacía otros ejercicios en el gimnasio que había en la parte posterior del jardín. El mozo se sentía muy atraído por el junior y hasta se había apoderado de un retrato del muchacho, el cual guardaba celosamente bajo el colchón de su cama.

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Un día entre tantos, la patrona ordenó a Narciso que fuera a hacer un mandado al centro de Tuxtla, lo cual le llevó un poco más de dos horas, pues ya desde entonces el sistema de transporte colectivo en la ciudad era una verdadera porquería.

Al regresar a la casa, harto, cansado y acalorado,  Narciso descubrió con horror que la señora y algunas de las criadas estaban en su cuarto, desordenando sus cosas, como si buscaran algo. Consternado, el joven preguntó por la causa de aquella situación, y entonces la señora le dijo que le habían robado un carísimo collar de perlas naturales, y que todas las circunstancias lo incriminaban a él.

Narciso trató de defenderse pero la patrona no le dio oportunidad, le dijo que seguramente ya había vendido o empeñado la alhaja por lo que no pensaba pagarle un centavo de su sueldo y le ordenó que recogiera sus cosas y se largara inmediatamente de la casa. Enfurecida, la señora le mostró el retrato del muchacho que él tenía escondido, y le espetó que todos los jotos eran iguales, que no sabía donde había tenido la cabeza cuando lo contrató. Obviamente, las revistas que las niñas le habían regalado también  fueron confiscadas.

Narciso guardó toda su ropa en su maleta y en una caja de cartón y ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse de los perros, mucho menos de las niñas. Humillado, salió de aquella mansión para no volver. No tenía a donde ir ni que comer, y guiado por el destino fue a sentarse a una banca del parque Santo Domingo, donde atónito descubrió la forma en la que se prostituían bastantes jóvenes de su edad. Sin más alternativa, él decidió hacer lo mismo, y muy pronto se convirtió en uno más de los vendedores de placer que se ofrecían a quienes pagaban por tener sexo.

Con lo que ganaba prostituyéndose, Narciso pudo pagar el alquiler de un cuarto de vecindad y de vez en cuando se compraba ropa nueva en el mercado, y ahí fue donde se hizo amigo de una costurera que le ofreció trabajo como su asistente, para que dejara de alquilar su cuerpo. Al muchacho le encantó la idea, pues la costura era su pasión, y aunque también disfrutaba del sexo con desconocidos, el hacerlo por dinero le quitaba todo el encanto al asunto.

Antes de lo que se imaginaba, Narciso aprendió a confeccionar  trajes de gala, basado en sus propios diseños, inspirados en los que veía en la revista “Vanidades”, que él mismo compraba. Su creatividad no tenía límites y pronto muchas novias, quinceañeras y reinas de belleza empezaron a buscarlo para que les hiciera sus atuendos. Llegó a tener tantos encargos, que se independizó de su amiga para montar su propio taller, además de que pudo cambiarse de casa y comprarse un carro compacto, usado, pero carro al fin.

El destino suele llevarnos de la mano por donde uno menos lo espera, y en cierta ocasión, Narciso recibió el encargo de hacer el traje que usaría la reina de la feria de Comitán en la gala de su coronación. El presupuesto era generoso y el joven modista se lució con el traje. Cuando la joven soberana se lo probó para verificar que todo estuviera bien, la presidenta municipal, que había ido con la chica y con la madre de ésta, suplicó a Narciso que hiciera también el traje que ella usaría en esa misma fiesta. Confeccionar el traje de una presidenta municipal fue un gran logro en la carrera del modista, y como el presupuesto también era casi ilimitado, puso especial empeño en cada detalle, en cada lentejuela, en cada chaquira adherida a la tela.

Cuando el traje de la funcionaria quedó terminado, Narciso quiso llevarlo en persona hasta Comitán, en donde también le pagarían el saldo que estaba pendiente y que era una muy buena cantidad de dinero. Metió el vestido en su funda y lo guardó en la cajuela de su carro, para después salir a carretera.

La presidenta municipal quedó encantada con el trabajo de Narciso, y de inmediato le pagó peso sobre peso, además de invitarlo a comer. Alrededor de las seis de la tarde decidió que era el momento de regresar a Tuxtla, pues portar tanto dinero se le hacía peligroso.

Feliz conducía su auto por la cinta asfáltica, cuando Narciso escuchó en la radio que una organización campesina tenía bloqueada la carretera y que se ignoraba cuando iban a liberarla. Por temor a sufrir un incidente desagradable, sobre todo con dinero en efectivo en su cartera, Narciso decidió volver a Comitán, en donde alquiló un cuarto en un hotelito para pasar la noche. Cenó tacos fritos y panes compuestos en una fonda y al regresar a su hotel pasó por el parque. Los recuerdos vinieron a su cabeza con nostalgia y no pudo evitar echar una ojeada a los jóvenes prostitutos que deambulaban buscando cliente.

A Narciso se le hizo justo contratar a uno de aquellos muchachos y pagarle para que se acostara con él, ahora tenía dinero y quería ser el cliente. Escogió a un fornido inmigrante centroamericano que le recordaba al cantante Chayanne y se lo llevó a su hotel. En la recepción tuvo que pagar para que le permitieran meterlo al cuarto.

Nadie supo en qué momento el centroamericano salió de la habitación, pero a la mañana siguiente las camaristas descubrieron que se había marchado, llevándose el dinero en efectivo de Narciso, al que con saña le rebanó la garganta después de hacerle el amor.