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Miss Elegancia Gay de Comitán, asesinada

  • CRIMINALIA

  • Poco tiempo después de haber sido electa Miss Elegancia, en el certamen Nuestra Belleza Gay 2016 de Comitán, Itzel Durán Castellanos fue degollada por su presunto novio

A veces los triunfos duran menos de lo que uno espera, y ese fue el caso de Carlos Antonio García Morales, de 19 años, un joven transexual que se hacía llamar Itzel Durán Castellanos.

Con ese nombre participó en el certamen “Nuestra Belleza Gay Comitán 2016”, en el que obtuvo el título de “Miss Elegancia”.  Ataviada como una reina lanzaba besitos al aire a la concurrencia que la aplaudía, sin sospechar que tan solamente unos meses después, un hombre llamado Jonathan, presuntamente su novio, le rebanaría la garganta, privándola de la vida. Atrás quedó una infancia infeliz, marcada por sus preferencias sexuales y por la fantasía de ser mujer.

Aquella noche llegó cansada al cuarto que rentaba en una vecindad de medio pelo en el barrio de Guadalupe, en Comitán. Tras quitarse la peluca y la redecilla que le sostenía el cabello, Itzel se descalzó y se despojó de las nalgas y los senos postizos que moldeaban su figura. Durante un momento se quedó pensativa, viendo el fulgor de las lentejuelas y la pedrería que adornaban los trajes de noche que usaba para concursar. Ella quería llegar muy lejos en el mundo del travestismo; y el éxito logrado al ser nombrada en el top 5 y al recibir el título de Miss Elegancia, eran tan solo el comienzo.

Cubrió su cuerpo con una bata de seda china, y se sentó frente a su tocador para desmaquillarse. Con una mota de algodón y crema limpiadora retiró los afeites que le cubrían el rostro, dejando al natural su verdadera hermosura. Había nacido hombre, sí, pero aquel rostro femenino, muy parecido, según algunos, al de Lupita Jones, la Miss Universo mexicana, le confirmaba que había nacido en un cuerpo equivocado.

A los 19 años las personas empiezan a vivir, Itzel ignoraba que ella estaba a punto de morir. El final de sus días anunció su llegada con leves golpes en la puerta de su cuarto. A ella no le gustaba recibir a nadie si no estaba vestida como Itzel, pero no le quedó más remedio que acudir al llamado transformada en Carlos Antonio.

Quien tocaba a la puerta era Jonathan, un hombre corpulento, de tez blanca y cabello claro. Nadie sabe a ciencia cierta cuál era la relación que existía entre ellos, pero incluso se llegó a mencionar en las indagatorias que eran amantes. Nadie supo tampoco lo que sucedió aquella ocasión en el cuarto de alquiler del barrio de Guadalupe, pero a media noche unos gritos despavoridos despertaron a los vecinos de Itzel. Los más valientes acudieron de inmediato a ver qué sucedía, y lo primero que vieron fue salir a un hombre a toda prisa de la vivienda, que iba tan apurado que llegó a golpear a una de las señoras en camisón que curioseaban los hechos.

Al entrar al cuarto, los testigos descubrieron una pavorosa escena: sobre la cama, con una mueca de terror dibujada en el rostro, estaba tendido el cuerpo de Itzel, quien a pesar de haber recibido varios tajos en el cuello, todavía se quejaba.

“Nadie toque nada, tenemos que pedir el auxilio de las autoridades”, dijo el más avispado, pero su idea fue improductiva, ya que cuando los paramédicos llegaron Itzel ya había expirado.

A los pocos días la Procuraduría General de Justicia del Estado aprendió al posible responsable, quien efectivamente era “Jonathan” y lo consignó ante un juez. La comunidad lésbico gay exigió que se esclarecieran los detalles del crimen, lo mismo que las organizaciones defensoras de los derechos humanos, pero hasta el momento el asunto parece estar dormido en ese anaquel de injusticia llamado “carpetazo”.