/ domingo 16 de junio de 2019

Todo llega en la vida

EL JAGUAR

Me decía la maestra María Elena Rodríguez Ozán, esposa del filósofo Leopoldo Zea, “Hijo, todo llega en la vida”. Así lo veo y creo ahora que leo el escrito de Ángel Mario Ksheratto dedicado a mi persona y que comparto en el espacio que tengo en el Heraldo de Chiapas. No sin antes darles mis agradecimientos a Omar Escamilla López y José Eduardo Fuentes, distinguidos tapachultecos. Sin más los dejo con Ángel Mario Ksheratto (El Chatito):
"Dar y recibir, son dos actos que reflejan la nobleza y grandeza de las personas; son, por cierto, pocos los poseedores de tales dones. Hernán Becerra Pino —poeta, maestro universitario y escritor tapachulteco—, es uno de ellos: disfruta como los grandes, ofrecer su propio reconocimiento a los demás y recibe de éstos, —con la alegría de un niño—, lo que a su grandeza corresponde.
Durante años, ha tomado en sus manos la tarea de galardonar con el “Pakal de Oro”, a quienes la Fundación que dirige y lleva su nombre, reconoce méritos, ya sea por su altruismo o por su contribución al desarrollo cultural de México. La lista de personajes que han recibido la presea es larga y reúne nombres de todos los estratos sociales, de todos los ámbitos y de todas las regiones del país.
No debe serle fácil entregar, año con año, un reconocimiento que no sale sino de su corazón, aunque decirlo así, parezca simplista y raye en el elogio fácil. Con todo, no ha dejado lo que ya es una tradición, rota solamente cuando tuvo la feliz ocurrencia de entregarlo en la ciudad de Ocosingo y no en la Ciudad de México.
Ahí, Hernán no solo entregó el Pakal de Oro, sino que fue ampliamente reconocido por los chiapanecos… y por invitados especiales que llegaron de otras partes del país. Merecido para él y merecido para quienes fueron honrados por él.
“Ni en Tapachula me quieren tanto como en Ocosingo”, me dijo un par de días después que el Ayuntamiento en pleno, le entregase Las Llaves de la Ciudad y le nombraran Visitante Distinguido. Estaba él al teléfono, pero sentíase que su alegría, era la de un niño atrapado en la felicidad. Su esencia es esa, por cierto; un tipo que a pesar de sus décadas y larga experiencia, lo ve todo sin malicia, aunque a veces por ello, algunos le han reñido, incluido yo.



Me cuesta mucho escribir elogios a las personas. Termino siempre, haciendo lo contrario; para Hernán, sin embargo, no me ha sido complicado. Quizá porque es un hombre que no ha dejado de creer en los demás y porque su nobleza va más allá de lo superfluo.
Cree en todo de tal suerte que, me contó, cuando el hijo de Javier Solís le puso la chaqueta del famoso cantautor ahí mismo en Ocosingo, sintió que el mismísimo autor de “Mi viejo San Juan”, le había jalado las patas. Y no lo dice como mera metáfora, sino como una vivencia que solo escucharlo, lo arrastra a uno al momento de su narración.
Por eso su obra literaria y poética es letra viviente; que desgarra y cura al mismo tiempo. Que transporta y deja estático a quien le lee. Pocos lo comprenden y es entendible. Ya entenderán por qué lo digo.
Haberle reconocido en Ocosingo, ha sido un acto de justicia que, por desgracia, el gobierno del Estado le ha negado, ya por castigo por su forma de pensar, ya por ideologías baratas o ya por odios y envidias y hasta porque ignoran la obra de un maestro. ¡Enhorabuena, Hernán!

Transitorio
Felicitaciones a todos los galardonados con el Pakal de Oro, edición 2019."

Me decía la maestra María Elena Rodríguez Ozán, esposa del filósofo Leopoldo Zea, “Hijo, todo llega en la vida”. Así lo veo y creo ahora que leo el escrito de Ángel Mario Ksheratto dedicado a mi persona y que comparto en el espacio que tengo en el Heraldo de Chiapas. No sin antes darles mis agradecimientos a Omar Escamilla López y José Eduardo Fuentes, distinguidos tapachultecos. Sin más los dejo con Ángel Mario Ksheratto (El Chatito):
"Dar y recibir, son dos actos que reflejan la nobleza y grandeza de las personas; son, por cierto, pocos los poseedores de tales dones. Hernán Becerra Pino —poeta, maestro universitario y escritor tapachulteco—, es uno de ellos: disfruta como los grandes, ofrecer su propio reconocimiento a los demás y recibe de éstos, —con la alegría de un niño—, lo que a su grandeza corresponde.
Durante años, ha tomado en sus manos la tarea de galardonar con el “Pakal de Oro”, a quienes la Fundación que dirige y lleva su nombre, reconoce méritos, ya sea por su altruismo o por su contribución al desarrollo cultural de México. La lista de personajes que han recibido la presea es larga y reúne nombres de todos los estratos sociales, de todos los ámbitos y de todas las regiones del país.
No debe serle fácil entregar, año con año, un reconocimiento que no sale sino de su corazón, aunque decirlo así, parezca simplista y raye en el elogio fácil. Con todo, no ha dejado lo que ya es una tradición, rota solamente cuando tuvo la feliz ocurrencia de entregarlo en la ciudad de Ocosingo y no en la Ciudad de México.
Ahí, Hernán no solo entregó el Pakal de Oro, sino que fue ampliamente reconocido por los chiapanecos… y por invitados especiales que llegaron de otras partes del país. Merecido para él y merecido para quienes fueron honrados por él.
“Ni en Tapachula me quieren tanto como en Ocosingo”, me dijo un par de días después que el Ayuntamiento en pleno, le entregase Las Llaves de la Ciudad y le nombraran Visitante Distinguido. Estaba él al teléfono, pero sentíase que su alegría, era la de un niño atrapado en la felicidad. Su esencia es esa, por cierto; un tipo que a pesar de sus décadas y larga experiencia, lo ve todo sin malicia, aunque a veces por ello, algunos le han reñido, incluido yo.



Me cuesta mucho escribir elogios a las personas. Termino siempre, haciendo lo contrario; para Hernán, sin embargo, no me ha sido complicado. Quizá porque es un hombre que no ha dejado de creer en los demás y porque su nobleza va más allá de lo superfluo.
Cree en todo de tal suerte que, me contó, cuando el hijo de Javier Solís le puso la chaqueta del famoso cantautor ahí mismo en Ocosingo, sintió que el mismísimo autor de “Mi viejo San Juan”, le había jalado las patas. Y no lo dice como mera metáfora, sino como una vivencia que solo escucharlo, lo arrastra a uno al momento de su narración.
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