/ lunes 15 de abril de 2019

El Puerto Arista de los pobres

Rodeado de contrastes, el río Santo Domingo está listo para recibir a los turistas

Tiendas de conveniencia, mototaxis y estacionamientos. Gasolineras, tiendas de venta de material y elementos policiacos. No es una plaza comercial de la gran ciudad, mucho menos los suburbios de la capital. Son las inmediaciones del río Santo Domingo, uno de los destinos por excelencia de los turistas en esta Semana Santa, y más para la tuxtlecada.

Flujo vehicular intenso, mas no en exceso. En el camino angosto y dañado que conecta el entronque de la carretera Tuxtla-Chiapa de Corzo con el entronque a Las Limas no hay ni accidentes. No parece Semana Santa. Parece tráfico de un lunes laboral y algo más.

Después de un recorrido de 20 minutos, en el que abundan retenes policiacos, módulos de asistencia vial y bajadas al río, llegamos a Salvador Urbina, una colonia del municipio de Chiapa de Corzo.

Una “estaquitas” cargada con sandía nos da la bienvenida y junto a ella la nueva imagen urbana de esa localidad, en la que ahora hay farmacias, expendios de material para construcción y una tienda de conveniencia con un constante ir y venir protagonizado por hieleras y gente en short y sandalias “brasileñas”, dirían los modernos, “pata de gallo” replicarían los ortodoxos.



Un empalagoso olor a pollo asado, sacudidas de topes y sustos por los intrépidos rebases de los camiones acompañan nuestra travesía por un tramo de 100 metros que al final tiene un árbol y un puente y, al fondo de éste, un río: el Santo Domingo.

Desde arriba, con un ambiente amenizado por “Los Ángeles Azules” que viene desde abajo, el afluente luce a la mitad de su caudal, rodeado de un mar de palapas y carpas. Pero algo no pinta bien. La gente corre, chapotea, juega, sonríe, bebe y se asolea, pero aún no es la esperada. Apenas una veintena. Es las 2:30 de la tarde. ¿Será el día? ¿Será el estado del tiempo? ¿Será que no hay dinero?

Si la afluencia no pinta bien, el paisaje de la cuenca menos. El cauce del Santo Domingo cada vez es más angosto y por ende cada vez hay más espacio para las palapas y carpas. Incluso hay un vado en medio del río. ¿Quiénes son los autores de esa magna obra de infraestructura? Quién sabe. La única certeza es que de ambos lados del afluente hay vendimias cual localidad de los Altos de Chiapas, con la diferencia de que los textiles, duraznos, manzanas y ciruelas son sustituidos por salvavidas, micheladas, mangos, barbacoa, chicharrón, ceviches y jocotes.



Los responsables de esos negocios, ad hoc con la Semana Santa, elevan sus plegarias al todopoderoso y esperan que ese constante ir y venir de coches pare y los automovilistas desciendan para que los lugareños puedan hacer su “agosto” en pleno abril.

Así es un lunes de Semana Santa en el Santo Domingo, en el Puerto Arista de los pobres, en la alberca sin cobro, en el río que lleva todo y no lleva nada.

Tiendas de conveniencia, mototaxis y estacionamientos. Gasolineras, tiendas de venta de material y elementos policiacos. No es una plaza comercial de la gran ciudad, mucho menos los suburbios de la capital. Son las inmediaciones del río Santo Domingo, uno de los destinos por excelencia de los turistas en esta Semana Santa, y más para la tuxtlecada.

Flujo vehicular intenso, mas no en exceso. En el camino angosto y dañado que conecta el entronque de la carretera Tuxtla-Chiapa de Corzo con el entronque a Las Limas no hay ni accidentes. No parece Semana Santa. Parece tráfico de un lunes laboral y algo más.

Después de un recorrido de 20 minutos, en el que abundan retenes policiacos, módulos de asistencia vial y bajadas al río, llegamos a Salvador Urbina, una colonia del municipio de Chiapa de Corzo.

Una “estaquitas” cargada con sandía nos da la bienvenida y junto a ella la nueva imagen urbana de esa localidad, en la que ahora hay farmacias, expendios de material para construcción y una tienda de conveniencia con un constante ir y venir protagonizado por hieleras y gente en short y sandalias “brasileñas”, dirían los modernos, “pata de gallo” replicarían los ortodoxos.



Un empalagoso olor a pollo asado, sacudidas de topes y sustos por los intrépidos rebases de los camiones acompañan nuestra travesía por un tramo de 100 metros que al final tiene un árbol y un puente y, al fondo de éste, un río: el Santo Domingo.

Desde arriba, con un ambiente amenizado por “Los Ángeles Azules” que viene desde abajo, el afluente luce a la mitad de su caudal, rodeado de un mar de palapas y carpas. Pero algo no pinta bien. La gente corre, chapotea, juega, sonríe, bebe y se asolea, pero aún no es la esperada. Apenas una veintena. Es las 2:30 de la tarde. ¿Será el día? ¿Será el estado del tiempo? ¿Será que no hay dinero?

Si la afluencia no pinta bien, el paisaje de la cuenca menos. El cauce del Santo Domingo cada vez es más angosto y por ende cada vez hay más espacio para las palapas y carpas. Incluso hay un vado en medio del río. ¿Quiénes son los autores de esa magna obra de infraestructura? Quién sabe. La única certeza es que de ambos lados del afluente hay vendimias cual localidad de los Altos de Chiapas, con la diferencia de que los textiles, duraznos, manzanas y ciruelas son sustituidos por salvavidas, micheladas, mangos, barbacoa, chicharrón, ceviches y jocotes.



Los responsables de esos negocios, ad hoc con la Semana Santa, elevan sus plegarias al todopoderoso y esperan que ese constante ir y venir de coches pare y los automovilistas desciendan para que los lugareños puedan hacer su “agosto” en pleno abril.

Así es un lunes de Semana Santa en el Santo Domingo, en el Puerto Arista de los pobres, en la alberca sin cobro, en el río que lleva todo y no lleva nada.

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