/ viernes 23 de agosto de 2019

Gertrude Duby Blom ¿Ángel antifascista?

Reina de la Selva Lacandona

Nacida en Suiza, fue una gran activista del antifascismo alemán. La II Guerra Mundial la expulsó de Europa, para establecerse en San Cristóbal Las Casas (Chiapas, México), en donde se dedicó a la fotografía etnográfica, al coleccionismo y a la salvaguarda de la Selva Lacandona y de sus habitantes. El antifascismo, al parecer, quedó en el olvido.

Aunque han pasado casi 50 años, todavía tengo fresco el recuerdo de la primera vez que vi en persona a la señora Gertrude Duby Blom, mejor conocida en Chiapas como “Trudy”. La ocasión se dio en el aeropuerto “Francisco Sarabia” de Tuxtla Gutiérrez, cuya sala de espera se volvía un verdadero centro de encuentro de la gente más prominente del estado, sobre todo en los momentos previos al aterrizaje o al despegue del único vuelo directo que unía a la capital de Chiapas con la del país.

Finalizaban los años 1960, había mucha gente en la terminal aérea, pues retornaba a la Ciudad de México un importante funcionario, a quien una marimba gigantesca le tocaba “Las Golondrinas” antes de abordar. Había mucha gente conocida por todas partes, y se respiraba en el ambiente un aire festivo. De pronto algo llamó poderosamente mi atención: una mujer extranjera, rodeada de varios indios lacandones, que platicaba animadamente con mi abuelo. Era rubia, delgada y muy elegante, aunque algunos la habrían tachado de estrafalaria. Vestía un traje bordado por las inconfundibles manos de las indias de los Altos de Chiapas, que la hacía parecer una reina. El colorido de los estambres sacaba impactantes destellos a sus ojos azules. Sin embargo, lo que más me impresionó fueron sus joyas, de plata labrada y turquesa, que complementaban a la perfección el atuendo. A pregunta expresa de alguien, ella respondió que su collar, sus aretes, su brazalete y anillo habían sido diseñados en exclusiva para ella por William Spratling, el famoso orfebre norteamericano.

Con curiosidad infantil, pues en ese entonces era yo un niño, me acerqué a mi abuelo con el deseo de ser presentado, lo cual él intuyó perfectamente e hizo lo propio. Una sonrisa iluminó el rostro de la señora, que me acarició un moflete, y aunque el contacto fue fugaz, quedé gratamente impresionado.

De regreso a su casa en la colonia Moctezuma de Tuxtla, mi abuelo me platicó que aquella señora era de origen suizo y que tanto ella como su esposo, un danés de nombre Franz Blom, eran huéspedes habituales de las fincas que la familia poseía en Ocosingo, a las puertas de la Selva Lacandona. “Son antropólogos y gracias a ellos, los indios y los bosques han subsistido”, me respondió al preguntarle el motivo por el que aquella pareja visitara tanto la zona.

A partir de ese momento, siempre estuve pendiente de cada comentario que en mi familia se hacía sobre Trudy Duby o Franz Blom o “Na Bolón” (la casa que la pareja tenía en San Cristóbal), y se convirtieron en idílicos personajes que iba forjando en mi imaginación.

Con el pasar del tiempo, un pariente cercano fue nombrado director del Instituto de la Artesanía Chiapaneca, y gracias a él volví a estar frente a frente con Trudy, quien obviamente ya no me recordaba, pero no me importó, preferí disfrutarla durante el tiempo que duró este segundo contacto, ocurrido en el Museo del Carmen, donde la señora formó parte del jurado calificador de un importante concurso de artesanos.

Muchos años después, cuando Gertrude era viuda y anciana, la volví a ver. Fue en ocasión de una visita que hice a su casa de San Cristóbal, ya convertida en el museo Na Bolón, en el barrio del Cerrillo. Como la casa seguía habitada, las visitas eran limitadas y guiadas. Empezaban en la biblioteca, para terminar en el patio de la casa en donde se vendían postales y refrigerios. Ataviada de morado, con sus joyas de plata, sostenida por un batón de ébano y nácar, la dueña de la casa observaba a los visitantes, y yo no pude resistir acercarme a ella y decirle, que mi abuelo había sido Mario Balboa, quien para entonces había ya fallecido. “Mario Balboa, mi gran amigo…”, me dijo con nostalgia, y me acompañó a recorrer algunas de las zonas de la residencia que más me habían gustado. Me dijo que la casa, construida en el siglo XIX, que era de estilo neoclásico y que ellos la habían comprado a una familia coleta ¿Penagos?, ¿Paniagua? No lo recuerdo. Iba a preguntarle por qué había cesado su lucha contra el fascismo pero no me atreví. Aquella fue la última vez que la vi con vida.

Después de haber sido encarcelada y liberada, emigró de Europa a Estados Unidos y posteriormente a México, donde llegó en 1940. En 1943 fue enviada como fotoperiodista en una misión investigativa a las aldeas lacandonas, en donde se unió sentimentalmente a Franz Blom. En 1950 se estableció en San Cristóbal de las Casas, donde continuó realizando fotografía etnográfica de los distintos grupos indígenas de la región, fotografías que ella no imprimía o procesaba. Sus fotografías sobre Chiapas han recorrido distintos países e ilustrado varios libros.

Por matrimonio agregó a su nombre los apellidos Duby y Blom, aunque tuvo otras parejas sentimentales, incluyendo a un ciudadano alemán con el que se casó para obtener pasaporte germano.


Fue activista social en Suiza e Inglaterra, pero sobre todo en Alemania, en donde permaneció como oradora de la resistencia inclusive después de haber asumido Hitler el poder



Nacida en Suiza, fue una gran activista del antifascismo alemán. La II Guerra Mundial la expulsó de Europa, para establecerse en San Cristóbal Las Casas (Chiapas, México), en donde se dedicó a la fotografía etnográfica, al coleccionismo y a la salvaguarda de la Selva Lacandona y de sus habitantes. El antifascismo, al parecer, quedó en el olvido.

Aunque han pasado casi 50 años, todavía tengo fresco el recuerdo de la primera vez que vi en persona a la señora Gertrude Duby Blom, mejor conocida en Chiapas como “Trudy”. La ocasión se dio en el aeropuerto “Francisco Sarabia” de Tuxtla Gutiérrez, cuya sala de espera se volvía un verdadero centro de encuentro de la gente más prominente del estado, sobre todo en los momentos previos al aterrizaje o al despegue del único vuelo directo que unía a la capital de Chiapas con la del país.

Finalizaban los años 1960, había mucha gente en la terminal aérea, pues retornaba a la Ciudad de México un importante funcionario, a quien una marimba gigantesca le tocaba “Las Golondrinas” antes de abordar. Había mucha gente conocida por todas partes, y se respiraba en el ambiente un aire festivo. De pronto algo llamó poderosamente mi atención: una mujer extranjera, rodeada de varios indios lacandones, que platicaba animadamente con mi abuelo. Era rubia, delgada y muy elegante, aunque algunos la habrían tachado de estrafalaria. Vestía un traje bordado por las inconfundibles manos de las indias de los Altos de Chiapas, que la hacía parecer una reina. El colorido de los estambres sacaba impactantes destellos a sus ojos azules. Sin embargo, lo que más me impresionó fueron sus joyas, de plata labrada y turquesa, que complementaban a la perfección el atuendo. A pregunta expresa de alguien, ella respondió que su collar, sus aretes, su brazalete y anillo habían sido diseñados en exclusiva para ella por William Spratling, el famoso orfebre norteamericano.

Con curiosidad infantil, pues en ese entonces era yo un niño, me acerqué a mi abuelo con el deseo de ser presentado, lo cual él intuyó perfectamente e hizo lo propio. Una sonrisa iluminó el rostro de la señora, que me acarició un moflete, y aunque el contacto fue fugaz, quedé gratamente impresionado.

De regreso a su casa en la colonia Moctezuma de Tuxtla, mi abuelo me platicó que aquella señora era de origen suizo y que tanto ella como su esposo, un danés de nombre Franz Blom, eran huéspedes habituales de las fincas que la familia poseía en Ocosingo, a las puertas de la Selva Lacandona. “Son antropólogos y gracias a ellos, los indios y los bosques han subsistido”, me respondió al preguntarle el motivo por el que aquella pareja visitara tanto la zona.

A partir de ese momento, siempre estuve pendiente de cada comentario que en mi familia se hacía sobre Trudy Duby o Franz Blom o “Na Bolón” (la casa que la pareja tenía en San Cristóbal), y se convirtieron en idílicos personajes que iba forjando en mi imaginación.

Con el pasar del tiempo, un pariente cercano fue nombrado director del Instituto de la Artesanía Chiapaneca, y gracias a él volví a estar frente a frente con Trudy, quien obviamente ya no me recordaba, pero no me importó, preferí disfrutarla durante el tiempo que duró este segundo contacto, ocurrido en el Museo del Carmen, donde la señora formó parte del jurado calificador de un importante concurso de artesanos.

Muchos años después, cuando Gertrude era viuda y anciana, la volví a ver. Fue en ocasión de una visita que hice a su casa de San Cristóbal, ya convertida en el museo Na Bolón, en el barrio del Cerrillo. Como la casa seguía habitada, las visitas eran limitadas y guiadas. Empezaban en la biblioteca, para terminar en el patio de la casa en donde se vendían postales y refrigerios. Ataviada de morado, con sus joyas de plata, sostenida por un batón de ébano y nácar, la dueña de la casa observaba a los visitantes, y yo no pude resistir acercarme a ella y decirle, que mi abuelo había sido Mario Balboa, quien para entonces había ya fallecido. “Mario Balboa, mi gran amigo…”, me dijo con nostalgia, y me acompañó a recorrer algunas de las zonas de la residencia que más me habían gustado. Me dijo que la casa, construida en el siglo XIX, que era de estilo neoclásico y que ellos la habían comprado a una familia coleta ¿Penagos?, ¿Paniagua? No lo recuerdo. Iba a preguntarle por qué había cesado su lucha contra el fascismo pero no me atreví. Aquella fue la última vez que la vi con vida.

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