/ viernes 16 de agosto de 2019

Pretendió triunfar en Canadá, pero fue deportado

Tenía un año desempleado, pidió préstamo y viajó con su hermano; es abogado y ahora busca emplearse en lo que sea

Kenedi “N” es originario de Tuxtla Gutiérrez y abogado de profesión, tenía un año desempleado y fue víctima de un asalto en su domicilio; al ser padre de dos niñas, con su esposa acordó que migraría a Canadá, soñaba con triunfar, establecerse y venir por los suyos.

Sin dinero y con gastos de universidad, pidió un préstamo; cada uno llevó 30 mil pesos en la bolsa, vía aérea salió de Tuxtla Gutiérrez a Cancún Quintana Roo, con una maleta en mano, identificación, cédula profesional y pasaporte, iban muy ilusionados, ya habían convenido vía telefónica donde se emplearían.

Abordaron el avión con destino a aquella nación, al estar en la terminal aérea sintieron nostalgia por haber dejado a la familia, pero con el deseo de triunfar, esperaban que Vancouver los acogiera; todo fue rápido, puesto que salieron de Chiapas el domingo 28 de julio.

A la terminal de Vancouver llegarían por ellos; sin embargo, nunca salieron de la terminal aérea, las autoridades migratorias de Canadá los interceptaron y tras varias horas de interrogatorio y no poder obtener visa, fueron esposados, no aceptaron recibir asistencia del Consulado de México y nunca consiguieron un permiso temporal y no justificaron sus ingresos.

Fueron regresados a México, a donde llegaron el martes 6 de agosto; desilusionados tomaron el metro en busca de la terminal de autobuses Aury, pero en los andenes fueron asaltados, Kenedi llevó a su mente sus habilidades, practicaba karate hace algunos años.

Lleno de enojo, rabia y molestia, tras lo sufrido en Vancouver, encaró al asaltante, de unos 45 años de edad, lo despojó de un arma blanca, lo golpeó y lo dejó tirado en el piso, luego lo entregó a un policía de la terminal de autobuses en la Ciudad de México.

Volvió a casa el miércoles 7 de agosto junto con su hermano en autobús, dentro de lo malo, lo bueno es que regresó con los suyos, aquellos que le dieron su bendición, a quienes dejó con el “Jesús en la Boca” y deseaban que triunfara aunque se habían quedado preocupados.

Kenedi asume que salió de su lugar de origen con falta de documentación, el pasaporte no fue suficiente, no llevaba el soporte económico necesario, sin conocer las leyes migratorias de aquella nación, sin la asesoría de expertos en el tema migratorio, sin tener acceso a traductores en la terminal aérea de Vancouver y cuando le preguntaron si aceptaba ayuda consular dijo que no.

Exhibe documentos, su hermano se para, se retira de la mesa, sigue la charla y cuenta que se siente agradecido con Dios por haber vuelto a casa, aunque ahora con deudas, pero está dispuesto a emplearse en lo que sea, cree que tener profesión no es garantía de empleo, por su cuenta pretendió litigar antes de la amarga experiencia pero no tuvo suerte.

Su hermano no quiere declarar, el encuentro fue en un café, toma un rico tascalate, dice estar cansado, su voz es entrecortada, parece un nudo en la garganta, se lleva la mochila al hombro, toma su carpeta ante la mirada de hombres y mujeres que interrumpen la charla para pedir limosna, ofrecer chicles, dulces, juguetes, bolsas, pulseras y textiles, lo que –dice– confirma la parte de oportunidades para la gente en Chiapas en sus lugares de origen.

Kenedi dice estar preocupado porque su hermano tenía empleo en Tuxtla Gutiérrez, tres hijos y esposa, su familia es más numerosa que la suya, es mayor que él y su deuda también es más, ahora juntos a empezar de nuevo, si bien en casa, junto a los suyos, confían en poder emplearse para empezar a abonar al capital prestado.

Ante la odisea que enfrentaban en Canadá se enteraron de la Fundación México presente de atención a migrantes, consiguieron hablar con su presidente Agustín Figueroa Flores, quien los asesoró vía telefónica para salir de Canadá, se encontraron en Tuxtla Gutiérrez, le presentaron cada uno la documentación que les hicieron firmar, solo aparecen iniciales de los nombres de los funcionarios migratorios que los atendieron.



No creen volver a intentar salir del país, ni a Canadá, ni a otra nación, aunque sostienen que en Chiapas falta oportunidades de trabajo, sueñan con que sus hijos puedan trascender, pero quieren que sea a su lado y nunca más abandonar a sus consanguíneos; además, están seguros de pagar en algún momento su deuda contraída con un amigo de San Cristóbal de Las Casas.

Kenedi menciona tener conocimiento que existen chiapanecos en Canadá, un amigo suyo lo ayudaría a emplearse, ya estaba apalabrado el puesto que desempeñaría, al igual que su hermano; no obstante, éste no tiene profesión, aspiraba en unos seis meses lograr estabilidad, sostenerse y estar en condiciones de llevar a su familia.

Sabe que en los Estados Unidos radican miles de chiapanecos, se trata de una migración joven, que ahora corre más peligro por la política migratoria del presidente de aquella nación, Donald Trump, pero al fin triunfando, sosteniendo desde lejos a los suyos, y esa era una de sus aspiraciones.

Ahora recomienda a quienes intentan salir de sus lugares de origen en Chiapas que planeen bien su proyecto, establezcan sus metas, busquen la posibilidad de documentarse, se asesoren con expertos y en caso de llegar al extranjero y enfrenten problemas, consigan ayuda consular de México.

Kenedi “N” es originario de Tuxtla Gutiérrez y abogado de profesión, tenía un año desempleado y fue víctima de un asalto en su domicilio; al ser padre de dos niñas, con su esposa acordó que migraría a Canadá, soñaba con triunfar, establecerse y venir por los suyos.

Sin dinero y con gastos de universidad, pidió un préstamo; cada uno llevó 30 mil pesos en la bolsa, vía aérea salió de Tuxtla Gutiérrez a Cancún Quintana Roo, con una maleta en mano, identificación, cédula profesional y pasaporte, iban muy ilusionados, ya habían convenido vía telefónica donde se emplearían.

Abordaron el avión con destino a aquella nación, al estar en la terminal aérea sintieron nostalgia por haber dejado a la familia, pero con el deseo de triunfar, esperaban que Vancouver los acogiera; todo fue rápido, puesto que salieron de Chiapas el domingo 28 de julio.

A la terminal de Vancouver llegarían por ellos; sin embargo, nunca salieron de la terminal aérea, las autoridades migratorias de Canadá los interceptaron y tras varias horas de interrogatorio y no poder obtener visa, fueron esposados, no aceptaron recibir asistencia del Consulado de México y nunca consiguieron un permiso temporal y no justificaron sus ingresos.

Fueron regresados a México, a donde llegaron el martes 6 de agosto; desilusionados tomaron el metro en busca de la terminal de autobuses Aury, pero en los andenes fueron asaltados, Kenedi llevó a su mente sus habilidades, practicaba karate hace algunos años.

Lleno de enojo, rabia y molestia, tras lo sufrido en Vancouver, encaró al asaltante, de unos 45 años de edad, lo despojó de un arma blanca, lo golpeó y lo dejó tirado en el piso, luego lo entregó a un policía de la terminal de autobuses en la Ciudad de México.

Volvió a casa el miércoles 7 de agosto junto con su hermano en autobús, dentro de lo malo, lo bueno es que regresó con los suyos, aquellos que le dieron su bendición, a quienes dejó con el “Jesús en la Boca” y deseaban que triunfara aunque se habían quedado preocupados.

Kenedi asume que salió de su lugar de origen con falta de documentación, el pasaporte no fue suficiente, no llevaba el soporte económico necesario, sin conocer las leyes migratorias de aquella nación, sin la asesoría de expertos en el tema migratorio, sin tener acceso a traductores en la terminal aérea de Vancouver y cuando le preguntaron si aceptaba ayuda consular dijo que no.

Exhibe documentos, su hermano se para, se retira de la mesa, sigue la charla y cuenta que se siente agradecido con Dios por haber vuelto a casa, aunque ahora con deudas, pero está dispuesto a emplearse en lo que sea, cree que tener profesión no es garantía de empleo, por su cuenta pretendió litigar antes de la amarga experiencia pero no tuvo suerte.

Su hermano no quiere declarar, el encuentro fue en un café, toma un rico tascalate, dice estar cansado, su voz es entrecortada, parece un nudo en la garganta, se lleva la mochila al hombro, toma su carpeta ante la mirada de hombres y mujeres que interrumpen la charla para pedir limosna, ofrecer chicles, dulces, juguetes, bolsas, pulseras y textiles, lo que –dice– confirma la parte de oportunidades para la gente en Chiapas en sus lugares de origen.

Kenedi dice estar preocupado porque su hermano tenía empleo en Tuxtla Gutiérrez, tres hijos y esposa, su familia es más numerosa que la suya, es mayor que él y su deuda también es más, ahora juntos a empezar de nuevo, si bien en casa, junto a los suyos, confían en poder emplearse para empezar a abonar al capital prestado.

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