/ viernes 6 de noviembre de 2020

Por pandemia, comer se ha vuelto un desafío para algunos en Morelia

La pandemia por Covid-19 ha hecho que personas que apenas generaban lo suficiente para sobrevivir, ahora deban buscar nuevas opciones para morir de hambre

Morelia.- Esperanza Romero Villa piensa que todo esto ya se trata del fin del mundo. Ríe cuando lo dice, pero segundos después se pone seria y argumenta que todo está escrito en la biblia. Se refiere a la pandemia por Covid-19, la que afirma que le “ha pegado duro” y muy contrario a lo que dice su nombre, admite que la desesperación la invade y que las esperanzas son mínimas.

Atécuaro, Morelia, Michoacán. A 17.7 kilómetros de la capital, se ubica la tenencia que no pasa los 500 habitantes. Para llegar, hay que superar una carretera plagada de curvas, donde el riesgo es constante por la presencia de vacas que merodean la orilla del camino.

Esperanza, su esposo, sus dos hijos y una quinteta de nietos viven en la parte alta de la localidad. A los alrededores solamente se observan montañas, árboles y perros que nunca sonríen. La señal de los teléfonos móviles es nula y aunque en el tejado de la casa se aprecia una antena de televisión satelital, en el interior no se tiene ni una sola pantalla.

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Comer se ha vuelto un desafío. Es jueves y Esperanza no tiene ni idea de qué va cocinar para alimentar a su familia. “Quizás papas, ya veremos”. Los gastos para alimentar a todos varían, pueden ir de los 100 pesos y hasta los 200 pesos; pero la idea es que siempre sea con lo mínimo, pues sólo cuentan con lo que gana el marido en el campo.

La carne está descartada, por lo que el menú de la semana va de los frijoles hacia los vegetales. Cuando se puede, matan a uno de los pollos que han criado, pero últimamente eso casi ya no sucede. “Nos cayó la enfermedad de los pollos, en la última semana se nos murieron cuatro y ahora también ya empezaron los guajolotes con lo mismo”.

Antes de la pandemia, Esperanza sobrellevaba la situación con la venta de pan. Cada ocho días emprendía el viaje a Morelia y en una buena jornada laboral, llegaba a ganarse unos 600 pesos para cubrir los gastos de alimentación de la semana. Desde marzo eso ya no sucede y su producción ha descendido de los 40 kilos a los 25.

Es un jueves atípico. A Esperanza le llegó un pedido de pan y no pierde el tiempo. Con paliacate sobre la cabeza, no para de amasar mientras su nieto Manuel la observa con curiosidad. Debajo de su gorra de los Toros de Chicago, el niño sigue atento los movimientos de su abuela. La comida del día puede esperar.

Creatividad en tiempos de Covid

A unos metros de la casa de Esperanza, Adela Pérez Lara no para de dar órdenes a sus nietos. A unos los manda a hacer labores de limpieza, a otros les pide que se vayan al cuarto y el más pequeño no se le despega.

“Nos ha ido de la jodida”, así de contundente responde cuando se le pregunta sobre la pandemia. Su refrigerador luce prácticamente vacío: dos aderezos, un bote de leche, salsas en bolsa y una cazuela con poca comida, es lo que hay por el momento.

Conocedora de la canasta básica, explica a detalle cómo se han ido incrementando los precios gradualmente en los últimos meses. Le parece increíble que el kilo de azúcar haya pasado de los 18 a los 25 pesos. Ya no alcanza para nada y reconoce que a veces no sabe cómo le hace para poder darle de comer a su marido y a sus cuatro nietos.

“Hago calabacitas, lentejas, frijoles, habas y mucho chayote. Todo es verdura, ya para carne no hay, antes comíamos por lo menos una vez a la semana, llegamos a hacer carnitas y menudo, pero con esto de la enfermedad ya no se puede”.

▶️ Donde come uno…. comen 18

Su esposo trabaja en el campo cosechando arándanos y semanalmente obtiene una ganancia de mil 200 pesos, pero Adela dice que no alcanza para atender el alimento de todos. Cuando la situación se pone compleja, sale a flote la creatividad: “Si les hago tres o cuatro huevitos, se los hago rendir con un jitomate o con un chile, la ventaja es que yo hago las tortillas y ya me ahorro un dinero ahí”.

Foto: Ibeth Cruz

Para que todos puedan hacer sus tres comidas del día, Adela gasta aproximadamente 200 pesos. Desesperación. Dice que sí, que su marido ha pensado en emigrar a los Estados Unidos, pero ella termina por ponerle los pies en la tierra. Le recuerda que ya supera los 60 años de edad y que ya no le alcanza para sueños guajiros.

El platillo del día será un caldo de pollo. La magia está en las verduras. Adela confiesa que son pocas piezas disponibles, pero los complementos vegetales hacen que sus nietos queden satisfechos. La mesa está servida.


Morelia.- Esperanza Romero Villa piensa que todo esto ya se trata del fin del mundo. Ríe cuando lo dice, pero segundos después se pone seria y argumenta que todo está escrito en la biblia. Se refiere a la pandemia por Covid-19, la que afirma que le “ha pegado duro” y muy contrario a lo que dice su nombre, admite que la desesperación la invade y que las esperanzas son mínimas.

Atécuaro, Morelia, Michoacán. A 17.7 kilómetros de la capital, se ubica la tenencia que no pasa los 500 habitantes. Para llegar, hay que superar una carretera plagada de curvas, donde el riesgo es constante por la presencia de vacas que merodean la orilla del camino.

Esperanza, su esposo, sus dos hijos y una quinteta de nietos viven en la parte alta de la localidad. A los alrededores solamente se observan montañas, árboles y perros que nunca sonríen. La señal de los teléfonos móviles es nula y aunque en el tejado de la casa se aprecia una antena de televisión satelital, en el interior no se tiene ni una sola pantalla.

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Comer se ha vuelto un desafío. Es jueves y Esperanza no tiene ni idea de qué va cocinar para alimentar a su familia. “Quizás papas, ya veremos”. Los gastos para alimentar a todos varían, pueden ir de los 100 pesos y hasta los 200 pesos; pero la idea es que siempre sea con lo mínimo, pues sólo cuentan con lo que gana el marido en el campo.

La carne está descartada, por lo que el menú de la semana va de los frijoles hacia los vegetales. Cuando se puede, matan a uno de los pollos que han criado, pero últimamente eso casi ya no sucede. “Nos cayó la enfermedad de los pollos, en la última semana se nos murieron cuatro y ahora también ya empezaron los guajolotes con lo mismo”.

Antes de la pandemia, Esperanza sobrellevaba la situación con la venta de pan. Cada ocho días emprendía el viaje a Morelia y en una buena jornada laboral, llegaba a ganarse unos 600 pesos para cubrir los gastos de alimentación de la semana. Desde marzo eso ya no sucede y su producción ha descendido de los 40 kilos a los 25.

Es un jueves atípico. A Esperanza le llegó un pedido de pan y no pierde el tiempo. Con paliacate sobre la cabeza, no para de amasar mientras su nieto Manuel la observa con curiosidad. Debajo de su gorra de los Toros de Chicago, el niño sigue atento los movimientos de su abuela. La comida del día puede esperar.

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A unos metros de la casa de Esperanza, Adela Pérez Lara no para de dar órdenes a sus nietos. A unos los manda a hacer labores de limpieza, a otros les pide que se vayan al cuarto y el más pequeño no se le despega.

“Nos ha ido de la jodida”, así de contundente responde cuando se le pregunta sobre la pandemia. Su refrigerador luce prácticamente vacío: dos aderezos, un bote de leche, salsas en bolsa y una cazuela con poca comida, es lo que hay por el momento.

Conocedora de la canasta básica, explica a detalle cómo se han ido incrementando los precios gradualmente en los últimos meses. Le parece increíble que el kilo de azúcar haya pasado de los 18 a los 25 pesos. Ya no alcanza para nada y reconoce que a veces no sabe cómo le hace para poder darle de comer a su marido y a sus cuatro nietos.

“Hago calabacitas, lentejas, frijoles, habas y mucho chayote. Todo es verdura, ya para carne no hay, antes comíamos por lo menos una vez a la semana, llegamos a hacer carnitas y menudo, pero con esto de la enfermedad ya no se puede”.

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Foto: Ibeth Cruz

Para que todos puedan hacer sus tres comidas del día, Adela gasta aproximadamente 200 pesos. Desesperación. Dice que sí, que su marido ha pensado en emigrar a los Estados Unidos, pero ella termina por ponerle los pies en la tierra. Le recuerda que ya supera los 60 años de edad y que ya no le alcanza para sueños guajiros.

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