/ viernes 6 de noviembre de 2020

Regresa el hambre a las familias morelenses por Covid-19

Lizbeth Mondragón perdió su empleo, a su mamá le recortaron el salario y hoy ante la pandemia de Covid-19 han tenido que cambiar de marcas de productos hasta para la compra de frijol

Morelos.- La crisis económica por la pandemia de Covid-19 en el país ha pegado directamente a la economía de las familias morelenses, muchas de las cuales se encuentran a la deriva y sin falta de oportunidades tras sufrir no solo la disminución de ingresos, sino también el desempleo.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) predijo que en América Latina y el Caribe el impacto de la crisis por el Covid-19 dejaría alrededor de 37.7 millones de personas sin empleos y empujaría a la pobreza a unos 29 millones de personas adicionales.

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La evidencia demuestra que se trata de una crisis social a todas luces, pero es a través de las historias que se hace más comprensible la tragedia que se vive a nivel República.

Foto: Froylán Trujillo

Lizbeth Mondragón y su familia son algunas de las personas que se han visto envueltas en una espiral de problemas que abarcan temas de economía y salud.

Debido a la cuarentena, la joven de 24 años perdió su empleo en una estancia infantil ubicada al norte de Cuernavaca donde estuvo laborando un año y medio; su empleo le traía grandes satisfacciones, le gustaba convivir con los niños pequeños y bebés de quienes, afirma, aprendió mucho; sin embargo, al exigir la autoridad sanitaria el cierre de todas las instituciones educativas, en especial con niños pequeños involucrados, fue despedida, no solo padeció esta falta de ingresos sino también su segundo empleo, al trabajar en una cafetería dentro de una escuela.

Lizbeth vive desde hace 19 años en una “tipo vecindad” al poniente de la ciudad de Cuernavaca –tipo porque los cuartos están divididos solo con lámina en un pequeño terreno- en lo que era la vía del ferrocarril, comparte un pequeño cuarto con su mamá, abuela Lucina López Carvajal y hermano, mismo que les fue prestado por su tío, quien además es su vecino. Su cuarto está construido con lámina, aquí instalaron una estufa chica donde preparan sus comidas, dos camas que comparten y un refrigerador que, cuenta, no sirve pero siguen manteniendo.

Dentro de lo que ella considera como una “tipo vecindad” viven también sus tíos y primos, con quienes convive constantemente.

La pandemia de Covid-19, a decir de la joven, fue una catástrofe, perjudicándolos principalmente en el área de empleo, ya que no solo ella padeció la falta de recursos sino también su mamá a quien le recortaron el salario; su mamá hace el aseo en una casa privada donde si bien no va todos los días, si era de gran ayuda para mantenerse, hoy obtiene solo la mitad de su salario, “sus jefes le dijeron que estaba fea la situación y por tal razón tendrían que recortarle el salario. Como hemos podido salimos adelante, gracias a Dios ahí vamos, pero si estuvo feo”.

Su hermano de 20 años, por su parte, apenas comenzó a trabajar como repartidor de comida en un aplicación móvil; “teníamos que trabajar para apoyar en la casa porque de otra manera no se podría; los precios de casi todos los productos se han elevado hasta para comprar el frijol que es el que más consumimos, nos ha costado trabajo comprarlo”.

Foto: Froylán Trujillo

El pasado mes de mayo el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), informó que derivado de la epidemia del covid-19 el frijol, alimento esencial en las mesas de los hogares mexicanos, tuvo alzas de doble dígito, al presentar aumentos anuales de 16.5 por ciento; no registraba un precio tan alto desde 2017.

Esta situación provocó que la familia de Lizbeth Mondragón tuviera que cambiar de marcas, a unas más económicas, antes compraban hasta frijol Del Valle pero ahora hasta el peruano o la marca “más patito”, menciona Lizbeth, está muy elevado, el arroz por igual y hasta el aceite, antes compraban 123, hoy adquieren uno que es tipo de soya para economizar.

➡️ Descarga aquí las historias de "Hambre. Donde come uno..."

Explicó que el frijol lo podían conseguir hasta en 21 pesos, hoy esta en un aproximado de 33 pesos, “los productos que más utilizamos son el frijol, arroz, la sopas que siguen igual y el aceite. Antes hacíamos el super cada quincenay comprábamos varios artículos del mismo producto, ahorita como subieron los precios si podemos solo compramos una bolsa de frijol a la semana o dos porque no nos alcanza”.

Regularmente hacen sus compras en Bodega Aurrera o en las tiendas 3B, una porque consideran son las más económicas y en segundo lugar por la cercanía que representan de su hogar, estando solo a unas cuadras y hasta pudiendo ir caminando. Gastan aproximadamente 300 pesos en el super, siendo el producto más utilizado por Lizbeth y su familia los frijoles. En cuanto al tema de servicio “por suerte” solo pagan alrededor de 100 pesos por la luz, y 250 pesos de agua.

Foto: Froylán Trujillo

Para acatar las medidas de limpieza por la pandemia utilizaban el cloro, vinagre, y pino para lavar su cuarto, salían siempre con cubrebocas, mismo que lavaban de manera constante.

De manera personal, la emergencia sanitaria para Lizbeth Mondragón ha sido muy fea ante la falta de oportunidades laborales, “si eres diabético, hipertenso, o con sobrepeso no te contratan en donde sea entonces si no he podido encontrar un trabajo, si me gustaría ayudar más a mi familia pero no se puede por lo mismo, hasta de limpieza he buscado pero no me han contratado en ningún lado”.

➡️Más mexicanos pasarán hambre por la pandemia

Su hermano trabajó por la tarde-noche que es cuando la gente hace más pedidos. El joven de 20 años no estudia ni tampoco ella por la falta de recursos, ya que su mamá es madre soltera al fallecer su padre. Su mamá gana 800 pesos a la semana, mientras que el salario de su hermano varia dependiendo de los pedidos que tenga, a veces puede sacar entre 250 a 300 pesos, pero en un día malo solo alcanza a obtener cien pesos.

Si bien la contingencia sanitaria ha sido sumamente difícil, Lizbeth aseguró que también ha traído su lado positivo, como es fortalecer la convivencia familiar, “antes no nos veíamos tan seguido y ahorita hasta disfrutamos mucho más a mi mamá, podíamos platicar de lo que nos paso en el día, pensábamos que íbamos a comer hoy, ver la vida de una forma distinta”.

La convivencia con su mamá la disfrutamos más, podíamos platicar que nos sucedía en el día, que vamos a comer hoy y aunque no haya ver de una manera distinta la vida, era lo que más hacíamos.

Hubiera elegido ser maestra, es algo que me gusta. Estuvo en la estancia un año y medio, me gustaba porque son diferentes niños y les debes dar diferente trato y atención y porque yo aprendía de ellos y ellos de mí, desde aprender a poner el pañal, ayudarles al control de esfínteres, fue muy padre.

La ciudadanía que atendiéramos a lo que las autoridades nos dicen para que esto no se expanda más y podamos continuar con la vida como era antes.

Foto: Froylán Trujillo

Hay personas que necesitan más que yo porque por ejemplo me puedo quejar para un frijol pero hay quizá personas que ni siquiera les alcanza para comprarse unos jitomates, o una sopa, es necesario que las autoridades puedan apoyar de forma constante. A mí me paso que me quede sin trabajo pero hay muchos más personas que se han quedado sin trabajo y esto va de mal en peor.

De acuerdo a datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) la cifra de personas pobres en México aumentó de 49.5 millones hasta los 52.8 millones. Mientras que en el estado de Morelos el 50.8 por ciento de la población se encuentra en situación de pobreza.

24 años. Estaba trabajando en una estancia pero se cerró, después trabaje una cafetería pero por motivos de la contingencia no pudo seguir porque estaba dentro de una escuela la cerraron. La estancia infantil se ubica en Domingo Diez. Terminó hasta la preparatoria pero ahora sí que busca lo que sea para sobrevivir y mientras le den oportunidad. Vive con su abuelita, su mamá y su hermano, su papá falleció.

Morelos.- La crisis económica por la pandemia de Covid-19 en el país ha pegado directamente a la economía de las familias morelenses, muchas de las cuales se encuentran a la deriva y sin falta de oportunidades tras sufrir no solo la disminución de ingresos, sino también el desempleo.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) predijo que en América Latina y el Caribe el impacto de la crisis por el Covid-19 dejaría alrededor de 37.7 millones de personas sin empleos y empujaría a la pobreza a unos 29 millones de personas adicionales.

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La evidencia demuestra que se trata de una crisis social a todas luces, pero es a través de las historias que se hace más comprensible la tragedia que se vive a nivel República.

Foto: Froylán Trujillo

Lizbeth Mondragón y su familia son algunas de las personas que se han visto envueltas en una espiral de problemas que abarcan temas de economía y salud.

Debido a la cuarentena, la joven de 24 años perdió su empleo en una estancia infantil ubicada al norte de Cuernavaca donde estuvo laborando un año y medio; su empleo le traía grandes satisfacciones, le gustaba convivir con los niños pequeños y bebés de quienes, afirma, aprendió mucho; sin embargo, al exigir la autoridad sanitaria el cierre de todas las instituciones educativas, en especial con niños pequeños involucrados, fue despedida, no solo padeció esta falta de ingresos sino también su segundo empleo, al trabajar en una cafetería dentro de una escuela.

Lizbeth vive desde hace 19 años en una “tipo vecindad” al poniente de la ciudad de Cuernavaca –tipo porque los cuartos están divididos solo con lámina en un pequeño terreno- en lo que era la vía del ferrocarril, comparte un pequeño cuarto con su mamá, abuela Lucina López Carvajal y hermano, mismo que les fue prestado por su tío, quien además es su vecino. Su cuarto está construido con lámina, aquí instalaron una estufa chica donde preparan sus comidas, dos camas que comparten y un refrigerador que, cuenta, no sirve pero siguen manteniendo.

Dentro de lo que ella considera como una “tipo vecindad” viven también sus tíos y primos, con quienes convive constantemente.

La pandemia de Covid-19, a decir de la joven, fue una catástrofe, perjudicándolos principalmente en el área de empleo, ya que no solo ella padeció la falta de recursos sino también su mamá a quien le recortaron el salario; su mamá hace el aseo en una casa privada donde si bien no va todos los días, si era de gran ayuda para mantenerse, hoy obtiene solo la mitad de su salario, “sus jefes le dijeron que estaba fea la situación y por tal razón tendrían que recortarle el salario. Como hemos podido salimos adelante, gracias a Dios ahí vamos, pero si estuvo feo”.

Su hermano de 20 años, por su parte, apenas comenzó a trabajar como repartidor de comida en un aplicación móvil; “teníamos que trabajar para apoyar en la casa porque de otra manera no se podría; los precios de casi todos los productos se han elevado hasta para comprar el frijol que es el que más consumimos, nos ha costado trabajo comprarlo”.

Foto: Froylán Trujillo

El pasado mes de mayo el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), informó que derivado de la epidemia del covid-19 el frijol, alimento esencial en las mesas de los hogares mexicanos, tuvo alzas de doble dígito, al presentar aumentos anuales de 16.5 por ciento; no registraba un precio tan alto desde 2017.

Esta situación provocó que la familia de Lizbeth Mondragón tuviera que cambiar de marcas, a unas más económicas, antes compraban hasta frijol Del Valle pero ahora hasta el peruano o la marca “más patito”, menciona Lizbeth, está muy elevado, el arroz por igual y hasta el aceite, antes compraban 123, hoy adquieren uno que es tipo de soya para economizar.

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Explicó que el frijol lo podían conseguir hasta en 21 pesos, hoy esta en un aproximado de 33 pesos, “los productos que más utilizamos son el frijol, arroz, la sopas que siguen igual y el aceite. Antes hacíamos el super cada quincenay comprábamos varios artículos del mismo producto, ahorita como subieron los precios si podemos solo compramos una bolsa de frijol a la semana o dos porque no nos alcanza”.

Regularmente hacen sus compras en Bodega Aurrera o en las tiendas 3B, una porque consideran son las más económicas y en segundo lugar por la cercanía que representan de su hogar, estando solo a unas cuadras y hasta pudiendo ir caminando. Gastan aproximadamente 300 pesos en el super, siendo el producto más utilizado por Lizbeth y su familia los frijoles. En cuanto al tema de servicio “por suerte” solo pagan alrededor de 100 pesos por la luz, y 250 pesos de agua.

Foto: Froylán Trujillo

Para acatar las medidas de limpieza por la pandemia utilizaban el cloro, vinagre, y pino para lavar su cuarto, salían siempre con cubrebocas, mismo que lavaban de manera constante.

De manera personal, la emergencia sanitaria para Lizbeth Mondragón ha sido muy fea ante la falta de oportunidades laborales, “si eres diabético, hipertenso, o con sobrepeso no te contratan en donde sea entonces si no he podido encontrar un trabajo, si me gustaría ayudar más a mi familia pero no se puede por lo mismo, hasta de limpieza he buscado pero no me han contratado en ningún lado”.

➡️Más mexicanos pasarán hambre por la pandemia

Su hermano trabajó por la tarde-noche que es cuando la gente hace más pedidos. El joven de 20 años no estudia ni tampoco ella por la falta de recursos, ya que su mamá es madre soltera al fallecer su padre. Su mamá gana 800 pesos a la semana, mientras que el salario de su hermano varia dependiendo de los pedidos que tenga, a veces puede sacar entre 250 a 300 pesos, pero en un día malo solo alcanza a obtener cien pesos.

Si bien la contingencia sanitaria ha sido sumamente difícil, Lizbeth aseguró que también ha traído su lado positivo, como es fortalecer la convivencia familiar, “antes no nos veíamos tan seguido y ahorita hasta disfrutamos mucho más a mi mamá, podíamos platicar de lo que nos paso en el día, pensábamos que íbamos a comer hoy, ver la vida de una forma distinta”.

La convivencia con su mamá la disfrutamos más, podíamos platicar que nos sucedía en el día, que vamos a comer hoy y aunque no haya ver de una manera distinta la vida, era lo que más hacíamos.

Hubiera elegido ser maestra, es algo que me gusta. Estuvo en la estancia un año y medio, me gustaba porque son diferentes niños y les debes dar diferente trato y atención y porque yo aprendía de ellos y ellos de mí, desde aprender a poner el pañal, ayudarles al control de esfínteres, fue muy padre.

La ciudadanía que atendiéramos a lo que las autoridades nos dicen para que esto no se expanda más y podamos continuar con la vida como era antes.

Foto: Froylán Trujillo

Hay personas que necesitan más que yo porque por ejemplo me puedo quejar para un frijol pero hay quizá personas que ni siquiera les alcanza para comprarse unos jitomates, o una sopa, es necesario que las autoridades puedan apoyar de forma constante. A mí me paso que me quede sin trabajo pero hay muchos más personas que se han quedado sin trabajo y esto va de mal en peor.

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