/ viernes 18 de junio de 2021

Árboles cuentan la historia de la humanidad

Cada país, cada tradición tiene su árbol al que muchas generaciones han venerado y consultado sobre sus vidas y problemas

Cada país, cada tradición tiene su árbol al que muchas generaciones han venerado y consultado sobre sus vidas y problemas. Todavía hoy son muchos los pueblos que se acercan con respeto a los árboles y les piden consejo, pero también en cualquier bosque nos sobrecoge su belleza y nos intrigan los secretos escritos en su interior

Durante toda su vida, Ignacio Abella ha estudiado a los árboles y caminado entre ellos con una pasión que le ha llevado a escribir libros como La Magia de los árboles, El hombre y la madera, Aves familiares, La memoria del paisaje, El bosque sagrado, La cultura del Roble o La cultura del Tejo, además de ser colaborador asiduo de Radio Nacional de España.

Experto en los misterios y la historia de los árboles que forman parte de las tradiciones y culturas del mundo, explica la relación que, a través del tiempo, han tenido con los seres humanos.

Ignacio Abella recalca, en primer lugar, cuál es la importancia de los árboles para la vida: “Ellos crean el humus y las condiciones óptimas para que, por un lado, se precipite el agua del cielo, pero por otro, esa agua quede retenida en el humus, que es materia orgánica, la gran madre que crea los bosques y procura la fertilidad de la tierra, y ese agua retenida, luego, nosotros la bebemos de los manantiales”.

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Historia en los anillos

“Los árboles -continúa el experto- contribuyen, primero al control del cambio climático porque son grandes receptores de CO2 y, segundo, absorben todo tipo de polución, desde el polvo de las ciudades hasta sustancias como el óxido nitroso o gases que pueden resultar muy nocivos y que los árboles retienen en su propia madera y materia orgánica”.

Pero, “también podríamos hablar de otros efectos sobre el clima anímico de la ciudad, porque una ciudad vacía de árboles es una ciudad triste, sola, estéril, y una urbe con espacios en los que crecen plantas y árboles es más sana, más amigable y más alegre”, subraya Abella.

Ignacio Abella junto a un tejo milenario en la localidad francesa de Vigeois. Ignacio Abella.

Otro de los muchos beneficios que aportan los árboles es su capacidad para, a través de los anillos que se dibujan en el interior de sus troncos, narrarnos la historia de nuestro planeta.

“En estos círculos podemos leer el pasado, podemos saber la edad del árbol, leer los acontecimientos de la tierra a nivel geológico, los cambios en el clima y las épocas de sequías. Por ejemplo, un anillo que ha sufrido una sequía será un anillo muy pequeño”, apunta Ignacio Abella.

“El interior de un tronco es como un mapa del tiempo que nos permite leer, por medio de la ciencia de la dendrocronología, los acontecimientos que han transcurrido en la vida de ese árbol, pero también la vida en general”, comenta el experto.

Cuentos y leyendas

Los árboles han sido y siguen siendo protagonistas, a la vez que han servido de escenarios, de muchas leyendas, porque el bosque y sus árboles han sido los espacios donde la humanidad ha crecido y se ha desarrollado.

Según Ignacio Abella, “desde que bajamos de los árboles como primates que éramos tenemos añoranza del árbol. Uno se siente más seguro junto a los árboles porque ellos siguen dándonos de comer, dándonos calor y bastantes otras cosas que seguimos utilizando, desde materiales para hacer nuestra casa hasta para fabricar cualquier utensilio”.

Abella justifica la profusión de cuentos y leyendas en torno al árbol porque, dice, “ellos son la madre, la matriz de la vida y en esa literatura no sólo vemos al árbol como algo utilitario sino también al propio espíritu de ese árbol”.

Una secuoya en los jardines del Palacio de Navarra, en Pamplona, España. EFE / Jesús Diges

Señala el experto que “las leyendas reflejan los árboles como seres vivos, pero también como seres que en muchas tradiciones tienen alma, tienen espíritu. De hecho, se decía, por ejemplo, que los indios americanos oían a los altos álamos del Mississippi gemir y gritar cuando caían a las grandes corrientes de ese río”.

Cada lugar, cada zona del planeta tiene sus propios árboles con un significado y utilidad distintas, al mismo tiempo que han creado tradiciones propias con las que se identifica su población. Por ejemplo, en Europa, los árboles muy grandes y muy viejos, como el tejo, el roble o los olmos, han quedado en la historia de este continente como parte de la vida cotidiana de villas y pueblos.

Ignacio Abella apunta que “estos árboles se convirtieron en nuestros lugares de reunión, donde la gente acudía para tomar decisiones que afectaban a los vecinos, fueron nuestros primeros Ayuntamientos y, a veces, se convertían en sitios sagrados, porque bajo muchos de ellos se enterraba a los vecinos”.

Pero en cada población los árboles representaban su papel con distintos matices. “En Cuba y en toda Centroamérica, el árbol de la ceiba estaba considerado como santuario alrededor de la cual se reunía la gente y su sombra era utilizada en los mercados (sombra que era sagrada y hasta se le pedía permiso al árbol para pisarla) y se depositaban ofrendas a su alrededor”, señala Abella.

“El escritor y militar romano Plinio El Viejo, en el siglo I, ya describía a los árboles como los primeros templos de la humanidad y esto ha sido así en Europa, Sudamérica, Centroamérica y Norteamérica. En África, sobre todo en Madagascar, y en Australia, es representativo el árbol de la palabra o baobab, que era el lugar sagrado alrededor del cual se reunía toda la gente del poblado”, agrega el experto.

Antiguos y bellos

Ignacio Abella detalla cuáles son los árboles más longevos del planeta: “Entre éstos se encuentra el Pinus Longaeva, del que se han encontrado ejemplares que llegan a tener varios milenios. En Norteamérica, las grandes secuoyas pueden tener entre mil 200 y mil 800 años, y es de los más altos que se conocen”.

Un tejo junto a la iglesia de San Martín del Mar, en Villaviciosa. EFE

“En Australia se encuentran eucaliptos de tamaños inmensos y edades muy avanzadas. En Centroamérica, la ceiba es un buen ejemplo de árbol longevo y grandioso y, si hablamos de Europa, podemos citar el olivo, que es un árbol que puede llegar a ser milenario o el tejo, que puede alcanzar entre dos mil y más años. También en Europa, el roble o la encina son muy longevos”.

En cuanto a la belleza de los árboles, según Abella “depende de las épocas del año. Para mí siempre ha sido el tejo uno de los arboles más emblemáticos, no sólo porque es un árbol muy viejo sino que también es hermoso, es un árbol retorcido del que no se llegan a ver dos iguales. Los bosques de tejos tienen también un misterio y un enigma que son incomparables”.

Vieja postal de la Olma (olmo muy corpulento y frondoso) de Miraflores, a la que Vicente Alexandre dedicó el hermoso poema titulado "El Álamo".

Ignacio Abella incorpora al olmo como uno de los más bellos, sobre todo por la conexión que siempre hubo entre ellos y los seres humanos.

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“Los olmos tienen su misterio y es esencial en la memoria de nuestra historia porque entre ellos y los pueblos existía una relación muy bonita. En mitad de la plaza siempre había un olmo gigantesco, hasta que un insecto provocó el hongo que produce la grafiosis y que acabó prácticamente con todos”.

Pero Ignacio Abella rememora con nostalgia la vida alrededor de un olmo: “Debajo de él se reunía el pueblo, se celebraban las fiestas, los niños cotidianamente iban a jugar en él, se mecían en sus ramas y se metían en los huecos del tronco, hasta que esos niños se hacían mayores y los jóvenes se enamoraban y debajo de él bailaban, se citaban y, luego, los viejos se sentaban allí para pasar la tarde”.


Cada país, cada tradición tiene su árbol al que muchas generaciones han venerado y consultado sobre sus vidas y problemas. Todavía hoy son muchos los pueblos que se acercan con respeto a los árboles y les piden consejo, pero también en cualquier bosque nos sobrecoge su belleza y nos intrigan los secretos escritos en su interior

Durante toda su vida, Ignacio Abella ha estudiado a los árboles y caminado entre ellos con una pasión que le ha llevado a escribir libros como La Magia de los árboles, El hombre y la madera, Aves familiares, La memoria del paisaje, El bosque sagrado, La cultura del Roble o La cultura del Tejo, además de ser colaborador asiduo de Radio Nacional de España.

Experto en los misterios y la historia de los árboles que forman parte de las tradiciones y culturas del mundo, explica la relación que, a través del tiempo, han tenido con los seres humanos.

Ignacio Abella recalca, en primer lugar, cuál es la importancia de los árboles para la vida: “Ellos crean el humus y las condiciones óptimas para que, por un lado, se precipite el agua del cielo, pero por otro, esa agua quede retenida en el humus, que es materia orgánica, la gran madre que crea los bosques y procura la fertilidad de la tierra, y ese agua retenida, luego, nosotros la bebemos de los manantiales”.

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Historia en los anillos

“Los árboles -continúa el experto- contribuyen, primero al control del cambio climático porque son grandes receptores de CO2 y, segundo, absorben todo tipo de polución, desde el polvo de las ciudades hasta sustancias como el óxido nitroso o gases que pueden resultar muy nocivos y que los árboles retienen en su propia madera y materia orgánica”.

Pero, “también podríamos hablar de otros efectos sobre el clima anímico de la ciudad, porque una ciudad vacía de árboles es una ciudad triste, sola, estéril, y una urbe con espacios en los que crecen plantas y árboles es más sana, más amigable y más alegre”, subraya Abella.

Ignacio Abella junto a un tejo milenario en la localidad francesa de Vigeois. Ignacio Abella.

Otro de los muchos beneficios que aportan los árboles es su capacidad para, a través de los anillos que se dibujan en el interior de sus troncos, narrarnos la historia de nuestro planeta.

“En estos círculos podemos leer el pasado, podemos saber la edad del árbol, leer los acontecimientos de la tierra a nivel geológico, los cambios en el clima y las épocas de sequías. Por ejemplo, un anillo que ha sufrido una sequía será un anillo muy pequeño”, apunta Ignacio Abella.

“El interior de un tronco es como un mapa del tiempo que nos permite leer, por medio de la ciencia de la dendrocronología, los acontecimientos que han transcurrido en la vida de ese árbol, pero también la vida en general”, comenta el experto.

Cuentos y leyendas

Los árboles han sido y siguen siendo protagonistas, a la vez que han servido de escenarios, de muchas leyendas, porque el bosque y sus árboles han sido los espacios donde la humanidad ha crecido y se ha desarrollado.

Según Ignacio Abella, “desde que bajamos de los árboles como primates que éramos tenemos añoranza del árbol. Uno se siente más seguro junto a los árboles porque ellos siguen dándonos de comer, dándonos calor y bastantes otras cosas que seguimos utilizando, desde materiales para hacer nuestra casa hasta para fabricar cualquier utensilio”.

Abella justifica la profusión de cuentos y leyendas en torno al árbol porque, dice, “ellos son la madre, la matriz de la vida y en esa literatura no sólo vemos al árbol como algo utilitario sino también al propio espíritu de ese árbol”.

Una secuoya en los jardines del Palacio de Navarra, en Pamplona, España. EFE / Jesús Diges

Señala el experto que “las leyendas reflejan los árboles como seres vivos, pero también como seres que en muchas tradiciones tienen alma, tienen espíritu. De hecho, se decía, por ejemplo, que los indios americanos oían a los altos álamos del Mississippi gemir y gritar cuando caían a las grandes corrientes de ese río”.

Cada lugar, cada zona del planeta tiene sus propios árboles con un significado y utilidad distintas, al mismo tiempo que han creado tradiciones propias con las que se identifica su población. Por ejemplo, en Europa, los árboles muy grandes y muy viejos, como el tejo, el roble o los olmos, han quedado en la historia de este continente como parte de la vida cotidiana de villas y pueblos.

Ignacio Abella apunta que “estos árboles se convirtieron en nuestros lugares de reunión, donde la gente acudía para tomar decisiones que afectaban a los vecinos, fueron nuestros primeros Ayuntamientos y, a veces, se convertían en sitios sagrados, porque bajo muchos de ellos se enterraba a los vecinos”.

Pero en cada población los árboles representaban su papel con distintos matices. “En Cuba y en toda Centroamérica, el árbol de la ceiba estaba considerado como santuario alrededor de la cual se reunía la gente y su sombra era utilizada en los mercados (sombra que era sagrada y hasta se le pedía permiso al árbol para pisarla) y se depositaban ofrendas a su alrededor”, señala Abella.

“El escritor y militar romano Plinio El Viejo, en el siglo I, ya describía a los árboles como los primeros templos de la humanidad y esto ha sido así en Europa, Sudamérica, Centroamérica y Norteamérica. En África, sobre todo en Madagascar, y en Australia, es representativo el árbol de la palabra o baobab, que era el lugar sagrado alrededor del cual se reunía toda la gente del poblado”, agrega el experto.

Antiguos y bellos

Ignacio Abella detalla cuáles son los árboles más longevos del planeta: “Entre éstos se encuentra el Pinus Longaeva, del que se han encontrado ejemplares que llegan a tener varios milenios. En Norteamérica, las grandes secuoyas pueden tener entre mil 200 y mil 800 años, y es de los más altos que se conocen”.

Un tejo junto a la iglesia de San Martín del Mar, en Villaviciosa. EFE

“En Australia se encuentran eucaliptos de tamaños inmensos y edades muy avanzadas. En Centroamérica, la ceiba es un buen ejemplo de árbol longevo y grandioso y, si hablamos de Europa, podemos citar el olivo, que es un árbol que puede llegar a ser milenario o el tejo, que puede alcanzar entre dos mil y más años. También en Europa, el roble o la encina son muy longevos”.

En cuanto a la belleza de los árboles, según Abella “depende de las épocas del año. Para mí siempre ha sido el tejo uno de los arboles más emblemáticos, no sólo porque es un árbol muy viejo sino que también es hermoso, es un árbol retorcido del que no se llegan a ver dos iguales. Los bosques de tejos tienen también un misterio y un enigma que son incomparables”.

Vieja postal de la Olma (olmo muy corpulento y frondoso) de Miraflores, a la que Vicente Alexandre dedicó el hermoso poema titulado "El Álamo".

Ignacio Abella incorpora al olmo como uno de los más bellos, sobre todo por la conexión que siempre hubo entre ellos y los seres humanos.

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“Los olmos tienen su misterio y es esencial en la memoria de nuestra historia porque entre ellos y los pueblos existía una relación muy bonita. En mitad de la plaza siempre había un olmo gigantesco, hasta que un insecto provocó el hongo que produce la grafiosis y que acabó prácticamente con todos”.

Pero Ignacio Abella rememora con nostalgia la vida alrededor de un olmo: “Debajo de él se reunía el pueblo, se celebraban las fiestas, los niños cotidianamente iban a jugar en él, se mecían en sus ramas y se metían en los huecos del tronco, hasta que esos niños se hacían mayores y los jóvenes se enamoraban y debajo de él bailaban, se citaban y, luego, los viejos se sentaban allí para pasar la tarde”.


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