/ domingo 17 de junio de 2018

Máquinas de escribir, objetos de culto y colección en un taller

Los tres hermanos Montero, así como don Marcial Jiménez dan nueva vida y esplendor a esa herramienta de trabajo

El número 22 de la calle de Allende, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, alberga un taller en donde se reparan máquinas de escribir, mecánicas, eléctricas y electrónicas, que con dos siglos de existencia desde que irrumpieron en el mundo, hoy son objetos de culto y de colección.

En la actualidad las máquinas de escribir son utilizadas por médicos que en ellas elaboran sus recetas, secretarias que escriben en pequeñas tarjetas y quienes llenan cheques que de otra forma no podrían hacerlo; a mano no es rápido, y en computadora, es difícil.

Los hermanos Alejandro, Roberto y Salvador Montero, junto con su colaborador Marcial Jiménez, son artistas que dan nueva vida y esplendor a tan sofisticadas obras de ingeniería en su establecimiento “Servicio Montero”, espacio de dimensiones pequeñas donde paredes y piso, con máquinas, herramientas y refacciones, revelan su labor.

Rodillo, tipos, barra, segmento, trucks, rieles, piñón, escape y cremallera, son ejemplo de las palabras que definen a las más de tres mil piezas que tiene una máquina de escribir promedio, de tipo casero o estudiantil, de acuerdo con lo comentado por Marcial Jiménez, experto reparador y conservador.

En el reducido espacio, los tres operarios trabajan en medio de “esqueletos” de máquinas de escribir, cada uno detrás de su escritorio cuyos cajones guardan cientos de diminutas piezas que habrán de servir algún día.

Unos minutos bastan para que desarmen cada máquina que llega a sus manos, unas horas son suficientes para repararla, y la vida no alcanza para gozar la satisfacción de ver cada obra terminada, alrededor de 150 máquinas de escribir cada mes, y durante una temporada alta, hasta 300, o más, señaló.

“Los médicos vienen a reparar sus máquinas de escribir, o a comprar una restaurada, durante su Internado, Residencia, o Especialidad. La necesitan para apuntes y recetas que requieren caligrafía clara y legible, por eso una máquina pequeña les ayuda y facilita el trabajo”, explicó el entrevistado.


Los cuatro artífices saben que Eliphalet Remington creó la primera máquina de escribir comercial, en los albores del siglo XIX, en Nueva York. Esa máquina generó una revolución en el hecho cotidiano de escribir, dejando lápices y plumas a un lado, pues el novedoso artefacto muy pronto ocupó sitios privilegiados en el interior de todo tipo de negociaciones alrededor del mundo, aunque desde 1714 se habían realizado numerosos intentos por crear una máquina que escribiera de manera mecánica.

“Reparar máquinas de escribir es un oficio en vías de extinción porque por un lado, las generaciones de hoy ocupan equipos de computación, y por otro, todas las fábricas de máquinas de escribir ya cerraron, consecuentemente, las refacciones tampoco se fabrican”, dijo.

Hasta la década de los 90 era relativamente fácil comprar una máquina nueva y hallar las refacciones que hicieran falta, mientras que hoy ya no hay máquinas nuevas y las piezas de refacción literalmente ya no existen, por ello, en el Servicio Montero muchas veces fabrican las piezas faltantes. “Una reparación promedio cuesta 350 pesos”.

El número 22 de la calle de Allende, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, alberga un taller en donde se reparan máquinas de escribir, mecánicas, eléctricas y electrónicas, que con dos siglos de existencia desde que irrumpieron en el mundo, hoy son objetos de culto y de colección.

En la actualidad las máquinas de escribir son utilizadas por médicos que en ellas elaboran sus recetas, secretarias que escriben en pequeñas tarjetas y quienes llenan cheques que de otra forma no podrían hacerlo; a mano no es rápido, y en computadora, es difícil.

Los hermanos Alejandro, Roberto y Salvador Montero, junto con su colaborador Marcial Jiménez, son artistas que dan nueva vida y esplendor a tan sofisticadas obras de ingeniería en su establecimiento “Servicio Montero”, espacio de dimensiones pequeñas donde paredes y piso, con máquinas, herramientas y refacciones, revelan su labor.

Rodillo, tipos, barra, segmento, trucks, rieles, piñón, escape y cremallera, son ejemplo de las palabras que definen a las más de tres mil piezas que tiene una máquina de escribir promedio, de tipo casero o estudiantil, de acuerdo con lo comentado por Marcial Jiménez, experto reparador y conservador.

En el reducido espacio, los tres operarios trabajan en medio de “esqueletos” de máquinas de escribir, cada uno detrás de su escritorio cuyos cajones guardan cientos de diminutas piezas que habrán de servir algún día.

Unos minutos bastan para que desarmen cada máquina que llega a sus manos, unas horas son suficientes para repararla, y la vida no alcanza para gozar la satisfacción de ver cada obra terminada, alrededor de 150 máquinas de escribir cada mes, y durante una temporada alta, hasta 300, o más, señaló.

“Los médicos vienen a reparar sus máquinas de escribir, o a comprar una restaurada, durante su Internado, Residencia, o Especialidad. La necesitan para apuntes y recetas que requieren caligrafía clara y legible, por eso una máquina pequeña les ayuda y facilita el trabajo”, explicó el entrevistado.


Los cuatro artífices saben que Eliphalet Remington creó la primera máquina de escribir comercial, en los albores del siglo XIX, en Nueva York. Esa máquina generó una revolución en el hecho cotidiano de escribir, dejando lápices y plumas a un lado, pues el novedoso artefacto muy pronto ocupó sitios privilegiados en el interior de todo tipo de negociaciones alrededor del mundo, aunque desde 1714 se habían realizado numerosos intentos por crear una máquina que escribiera de manera mecánica.

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